
Cenábamos el sábado con una pareja de amigos (argentinos), con buenas situaciones laborales y bastante bien insertados en el país, cuando, hablando de bueyes perdidos, él me dice “no se si en cinco o diez años, pero sé que de Andorra nos iremos porque aquí no tenemos nada que hacer… tal vez a Brasil, quien sabe…” Hablaba hace un tiempo con un camarero (argentino) que me decía “aunque aquí estoy muy bien, seguramente en un par de años me voy para Barcelona, o Valencia o hasta, si se dan algunas cosas, a Miami”. Yo mismo (argentino) me encontré mas de una vez diciendo “cuando acabe mi vida laboral, me retiraré en Uruguay o en el sur de Portugal”.
Y mi pregunta és: llevamos “de fábrica” los argentinos este sindrome de Ulises, que nos pone siempre por delante un nuevo destino? Nos resulta tan difícil establecernos, o no-establecernos, pero sin mantener siempre el margen de duda, sea en Andorra, España, Francia o donde sea? Es un inconformismo natural a cualquier lugar o, como en un bolero, vamos (sentimentalmente) de lugar en lugar, de país en país, física o mentalmente, asumiendo que si en un lugar “seremos”, ese lugar será la Argentina?
Creo sinceramente que a veces nos ciega un miedo escénico al éxito o una falta de confianza en la posibilidad de hacer nuestro futuro real fuera de nuestras fronteras, permitiendo olvidar las nostalgias y potenciar nuestras ventajas socialmente naturales que nos permiten, mas mal que bien, establecernos en inmejorables condiciones sea donde sea, haciendo realidad nuestra necesidad de construir un nuevo hogar (los ingleses tienen la palabra home que lo define mucho mejor). Mi amigo Martin Bär decía que a los argentinos “la pobreza nos hizo creativos”, y puedo asegurar que esa creatividad, bien perfilada, no se corresponde a la viveza criolla, tan nuestra.
Tal vez un día asumiremos que nuestra ventaja en Europa no está en nuestro “ser colectivo” sino exclusivamente en nuestro “ser individual”, y que el límite está casi exclusivamente en nuestros deseos.