Analizar los fundamentos por los que los independentistas catalanes de todo color se consideran elegidos, y hablan como elegidos, implica ir más allá de la mera observación de la patética caricatura de una frustración minoritaria.
La publicación en un periódico como e-Notícies de una fantasía tal como que “la estelada recibe al mallot amarillo”, en ocasión del paso del Tour de France por las provincias de Barcelona y Girona, no puede considerarse menos que un patético llamado a la profecía autocumplida, basándonos en las fotos que ellos mismos publican y lo visto por la televisión. Pero por otro lado ver a Joan Laporta, presidente de un simple club deportivo -no debe olvidarse este detalle-, manifestando en televisión que “la estelada significa el vínculo que tiene el Barça con la sociedad catalana” es ignorar una verdad indiscutible (salvo que entendamos a todos los culé o a toda la sociedad catalana como independentista) o tener algún tipo de esquizofrenia ideológica, sobre todo sabiendo que hasta hace poco tiempo este dirigente tenía entre sus personas mas cercanas en el club a un miembro del Fundación Francisco Franco, nada más lejano del independentisme català.
E-Notícies rendirá cuentas ante sus acionistas y Laporta ante sus asambleistas, pero los elegidos catalanes también gozan de un aliado de lujo: la hiper-deficitaria televisión pública catalana, TV3, quien a fuerza del bolsillo del contribuyente machaca cada día con contenidos sesgados “con un fuerte tufillo catalanista”.
Estas, que parecen inofensivas manifestaciones de un grupo de personajes con mas o menos poder de convocatoria, se torna peligroso cuando degeneran en situaciones como la del incendio antes de un partido de la selección española de una pantalla gigante de Terrassa, las amenazas de muerte en público a políticos del PP durante una Diada hace dos años por parte de un candidato a regidor por Montmeló o el caso de la bala y la foto de Albert Rivera, enviada por un miembro de las juventudes hitlerianas de ERC a casa del político de C’s.
Y lo peor es que ya nos estamos acostumbrando a estos excesos y que ya ni siquiera se denuncia con la contundencia que se debería denunciar. En la España de hoy que unos encapuchados quemen fotos del rey es normal, subirse al tejado de un edificio público para rasgar una bandera española es normal, que un estamento subvencionado por el gobierno como Plataforma per la Llengua sugiera que se hable con señas antes que en castellano es normal… Pero al fin de cuentas el independentismo, ese negocio que alimenta espabilados y terroristas, siempre acaba sostenido por idénticas masas de idiotas útiles, al decir de Lenin, aunque ellos mismos prefieran verse como elegidos dentro de una realidad inventada. Y eso es peligroso porque la condición de elegidos implica un nosotros y un ellos, y esa dicotomía genera tarde o temprano violencia, y no querer verlo es un error. Porque al fin y al cabo, como bien se pregunta el autor del blog Per fi és divendres (en catalán), ¿que diferencia hay entre pintar estrelles amarillas en las tiendas de los judíos y quemar una pantalla donde unos españoles ven un partido de futbol, simples ciudadanos que además debían soportar ser tildados de fascistas?