29 muertos y 242 heridos fue el saldo del atentado a la embajada de Israel en Buenos Aires, perpetrado hace 18 años con una furgoneta bomba que derrumbó el edificio.
La violentísima explosión abrió un enorme cráter en plena calle y provocó graves daños a otros edificios en los alrededores, incluyendo un colegio y una iglesia católica. En ese entonces yo ya no vivía en ese barrio pero si que había sido un feliz vecino en una época, al punto que la que había sido mi escuela primaria estaba a unos minutos del lugar.
Todo esto pasaba mientras corría el año 92 y gobernaba la Argentina Carlos Menem, un friqui populista disfrazado de liberal que difícilmente podría haber llegado a algo en cualquier país serio, por lo que el atentado (el más grave jamás perpretado en Sudamérica hasta dos años después cuando los islamistas volvieron a atacar la Argentina con la Masacre de la AMIA) nunca fue resuelto. Se desinformó a la población desde el primer momento, se ocultaron y destruyeron pruebas, sectores antisemitas despertaron barajando teorías tan absurdas como la del auto-atentado o la implosión (al mismo nivel que las incoherencias que se han dicho del 11-S y del 11-M: conspiranoicos hay en todos lados) pero el Mossad y los servicios de intelegencia norteamericanos siempre apuntaron hacia el mismo lado: el atentado fue planificado y dirigido por Hezbollah, coordinado por miembros de la embajada de Irán en Buenos Aires y apoyado por sectores ultraderechistas vinculados a la propia policía argentina.
Han pasado largos 18 años y hoy una Argentina narcotizada por la corrupción y el populismo neo-peronista amanece con una noticia: el embajador hebreo dejó caer en una entrevista que “Israel ya se había ocupado de los responsables de la masacre”, intentando desmentirlo un día después, incluso tras las declaraciones de un portavoz anónimo que llegó a decir que los terroristas “ya se encontraban con sus 72 vírgenes”. Cabe recordar que uno de los señalados ideólogos de ambos atentados, el jefe de Hezbollah -reclamado por Interpol- Imad Fayez Moughnieh, murió en una explosión en 2008 en Damasco.
Cuando las instituciones no actuan, cuando las evidencias se ignoran, cuando hay leyes que le dan la espalada a unas víctimas que no encuentran respuestas es que los Estados necesitan reaccionar. Y sólo hay que ponerse en su lugar para entender que esto ya no es una venganza sino un extremo acto de justicia, un plato que se come irremediablemente frío.







