Siempre me he preguntado acerca de la legitimidad que tienen ciertas normas morales aplicadas por la sociedad norteamericana a sus personajes públicos, normas que según se lee en los periódicos de hoy han acabado con la carrera de Tiger Woods, el mejor golfista del mundo y uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, tras destaparse sus aventuras extramatromoniales. Recuerdo hace unos cuantos años haber quedado impresionado por la caída en desgracia de Gary Hart, aquel senador demócrata que iba “directo a la casa Blanca” hasta que su carrera se hundió súbitamente en 1987 tras una simple e “inocente” foto con su amante en su regazo. ¿Tiene derecho el Gran Público (y los medios) a marcar estas pautas morales a los personajes públicos?
En el caso de los políticos los americanos utilizan un silogismo fatal que dice que “si a su mujer a la que prometió fidelidad la engaña ¿que me espera a mi a quien ni conoce?”, argumentación con la que puedo estar más bien de acuerdo, pero ¿es aplicable esta lógica en el caso de los actores o deportistas? Todos recordamos escándalos como el de aquel joven Hugh Grant contratado una fellatio express en un coche en Los Angeles, el de las fotos de Kate Moss snifando o el que generó la caída del hombre fuerte de la Formula 1, Max Mosley, tras ser filmado en plena fiesta sadomaso de estética nazi.
Aunque me crea una cierta contradicción ideológica (creo que nada es más sagrado que la intimidad), con el tiempo cada vez estoy más convencido que sí: los personajes públicos deben cuidar la imagen pública de su vida privada, un enorme precio a pagar por vivir por encima de los simples mortales, de aportaciones económicas hechas -finalmente- por aquellos simples mortales que buscan verse reflejados en sus ídolos de masas. Por supuesto que Tiger Woods no cometía delito alguno por tener una amante (o 9, no importa), pero debería saber que cuando alguien compra su gorra Nike o su juego para la Wii o el Tag Heuer que lleva en su muñeca está comprando también su imagen, la que hoy no ayuda a ninguna empresa, por lo que sus patrocinantes tienen todo el derecho de rescindirle contratos, y lo hacen, como otras muchas lo hiceron con Kate Moss.
¿Doble moral? Tal vez. Después de todo no deja de ser un paradigma de geometría variable.







