
Estuvimos en Ramallah, la capital de la tan nombrada y tan desconocida Palestina. Y fue muy fácil llegar: sólo fue necesario acercarnos hasta la Puerta de Damasco, en la Ciudad Vieja de Jerusalem, subir al Nº 18 y pagar los 6,50 shekelim (3 euros) del billete, ya que Israel no prohibe ni la salida a ni la entrada desde Cisjordania. ¿El Muro? No es políticamente correcto, lo se, pero si desde que se construyó casi ya no hay atentados suicidas entre la población civil israelí, me abstengo de hacer opiniones apresuradas.
¿Y por que digo que yo también quiero una Palestina libre? Porque habiendo caminado por sus calles y por sus zocos, habiendo tenido la oportunidad de respirar el caos de su capital, de ser testigo de los absurdos contrastes entre mansiones y chabolas (¿a que no sabíais que en Ramallah hay mansiones?), de ver a niños mendigando que no se ven ni siquiera en los barrios árabes de Jerusalem y de haber sentido en carne propia la despreciable obscenidad de la tumba de Yasser Arafat en la Muqata, digna de un faraón moderno en una calle apenas asfaltada, estoy convencido que el eterno conflicto, al menos desde el lado palestino, responde principalmente a una vieja y conocida palabra: corrupción. Corrupción de aquellos que lucran y se enriquecen con la economía negra de este pseudo-estado, sostenido por la figura paternalista de un terrorista devenido jefe de estado, cuyo fantasma sostiene aún hoy superestructuras también corruptas que perpetúan no solo la falta de diálogo con Israel, sino también el hambre y la ignorancia de su gente.
Yo también quiero un estado palestino similar al que deseó Yitzchak Rabin, quien por defenderlo pagó con su vida. Un estado palestino democrático, laico y de derecho que no daría lugar a ser la tierra de nadie de la que fuimos testigos, comparable solo a otro lugar en el mundo que conozco, Ciudad del Este, el enclave paraguayo que también es la mayor concentración de palestinos del mundo fuera de Oriente Medio. Un estado palestino moderno no tendría porque ser títere de los emiratos de la península que envían dinero solo para mezquitas radicales y madrasas, pudiendo mediante una economía ordenada dar bienestar a su gente. Un estado de derecho garantizaría obvios negocios con su vecino natural, Israel, con quien en paz podría comerciar en lugar de limitarse a falafeles, cambio desregulado de dinero y falsificación de licencias.
Sin embargo ayer hablaba con una persona que, inteligentemente, me sugería que el pueblo palestino no ha trabajado en estos 60 años por tener ese estado ordenado, sino que siempre se ha conformado con ser una utopía de espaldas al derecho internacional, famosa no por su voluntad de trabajo sino por sus niños de las piedras, el gran ícono de la progresía pro-palestina europea, y por ser la usina de suicidas que hasta hace poco sembraba el terror en Israel. La razón de fondo creo que es obvia: la religión, y es cuando me viene a la cabeza las palabras de Ayaan Hirsi Alí, “Occidente, danos a los musulmanes la oportunidad de tener una Ilustración”.
La paz en Medio Oriente y el estado palestino parecen ser una eterna quimera, y leer que Barack Obama no solo hace tibios llamados a la democratización del mundo árabe, sino que además compara a las víctimas civiles palestinas de las seis décadas de conflicto con las víctimas del Holocausto, me da la pauta que nos espera mucho tiempo más, aún, de mas de lo mismo.
Pero no pierdo las esperanzas: algun día los palestinos decidirán dejar de ser utilizados y entonces acabarán con el victimismo, no se conformarán con ser utilizados por los Hamas de turno y exigirán un Estado con mayúsculas, sobretodo de fronteras adentro.