Era evidente que el tema levantaría ampollas pero estoy convencido que, del mismo modo en que no deben permitirse el uso en las escuelas públicas del hiyab islámico y de la kipá judía, deben evitarse las cruces católicas (las de las paredes de las aulas, no las pequeñas que se usan al cuello).
Quien habitualmente lea este blog no necesitará muestra alguna de mi oposición a la llamada Alianza de Civilizaciones ni de que no creo que todas las culturas sean iguales, pero ideológicamente sostengo que cada individuo tiene derecho a vivir su vida como desee, siempre y cuando respete los derechos iguales de los demás. El punto en cuestión es que, si como liberal creo que tengo derecho a sentirme molesto al ver en una escuela pública a una niña con hiyab o a un niño con kipá, debo aceptar que haya gente que pueda sentirse molesta con las famosas cruces, y en virtud de su derecho igual al mío deben evitarse. La religión debe pertenecer al ámbito privado y familiar de los ciudadanos tal como lo consagra el modelo francés, el que inscribe en el primer artículo de la Constitución de 1958 el principio de la separación de la Iglesia y el Estado, definido como uno de los pilares de la república. “Francia es una república indivisible, laica, democrática y social” dice el artículo, precisando que “la república no reconoce ni financia ningún culto pero concede al ciudadano el derecho a practicar o no practicar una religión.”
Pero el debate no se acaba aquí ¿Deben, entonces, haber escuelas católicas? Por supuesto, privadas y autofinanciadas ¿Deben haber escuelas judías? Por supuesto, privadas y autofinanciadas ¿Deben haber escuelas coránicas? Aunque íntimamente no me haga gracia, deberían haberlas, privadas y autofinanciadas. Como se ve, uno de los grandes temas es la financiación, por lo que creo que en España lo que es necesario defender enfáticamente, si se quieren defender las libertades de culto individuales, es la posibilidad de marcar con la cruz en la declaración de la renta tanto el financiamiento de iniciativas sociales de la iglesia como de otras confesiones, e incentivarlo, amalgamando así a los creyentes con el papel que ellos mismos quieran que su credo tenga en la sociedad plural.
Este laicimo positivo es el que debería practicarse, y no lo digo yo, un laicista convencido: el papa Benedicto XVI respaldó explícitamente en su viaje a París este concepto de “laicismo positivo”, que en la Francia de Sarkozy supone replantear la relación entre el Estado francés y las religiones, porque al fin y al cabo no se debe confundir no querer símbolos religiosos con ser anticlerical. El Estado debe ser laico, no ateo, y por ello es que en virtud de la no-religión (y no de la anti-religión: eso sería Religión Única del Estado) deben evitarse las cruces, los kipá y los hijab, en principio en las escuelas públicas, y veo a Europa dirigirse positivamente en esta dirección.
Y con la fuerza de este laicismo positivo es que podremos encarar la próxima discusión de peso, una discusión mucho más importante y menos mediática que la de las cruces en las escuelas: la oposición a la inclusión de la Turquía islámica en la UE.